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09 febrero 2018

Carnaval


‘’Habrá premio al mejor disfraz’’ decía la invitación, en letras grandes y brillantes. Una obviedad, porque en cada fiesta, de cada carnaval, había premio. Alguna tontería inútil, pero siempre había premio.
Esta vez había invitado a 30 personas. No como el año pasado. No, esta vez serían menos pero los más cercanos. Hizo la lista cuidadosamente, de manera que no fueran conocidos entre sí, así sería más divertido y menos predecible.
Pensó sin premuras su disfraz: una bata blanca, cuyas mangas se le ataran a la espalda. Pantalones blancos. Iría descalzo. Así que cuando las cosas se descontrolaran, como solía pasar en todas sus fiestas, pudiera simplemente no intervenir porque tendría ¡los brazos atados!. Claro, no muy fuertemente, porque si no, no tendría cómo maniobrar. Y no estaba bueno eso.
Cuando le contó de qué se disfrazaría, ella se le quedó mirando, sin entender del todo. ‘’No todo en la vida se puede controlar’’ dijo, a modo de explicación. Tendría que divertirse estando así atado. Ese era el gran reto. Ella lo miró sin ganas y no dijo nada.
‘’Nunca le parecen buenas mis ideas’’ pensó. Sin embargo, esta vez no le importó. Le parecía una idea excelente ser el loco de la fiesta. Y que ella se vistiera de enfermera. Sí. Eso estaría bueno.
Fue contando los días para el carnaval. Todas las veces se prometía no celebrarlo, pero siempre encontraba razones para sí hacerlo. Era una excusa infantil para ver a sus amigos. Esta vez serían los más cercanos. El año pasado habían sido los del trabajo, los mismos que al principio dijeron que él no era un tipo bueno. ¡Estupideces!
El día de la fiesta, el martes 12 de febrero, el patio de la casa estaba a punto, finamente decorado, sin excesos, tal y como le gustaba. A cada paso se maravillaba porque todo estaba pulcro, en su sitio. Esta vez todo iba a ser más que perfecto, cosa que le encantaba.
A la hora convenida, empezaron a llegar los invitados. Él estaba muy metido en su papel. Le había pedido que le atara la camisa, pero no muy fuerte y que siempre estuviera atenta por si se cansaba y necesitaba salirse, por un rato, de su prisión de tela.
También le pidió que lo maquillara, para que pareciera atormentado, pero ella no se esmeró en hacerlo, así que quedó con ribetes de polvo blanco en el rostro. En fin, ¡no todo se puede en esta vida!
De a poco se fue animando el ambiente. Había muy buena música, mucha bebida (se aseguró de que así fuera) y comida. ‘’Finger food y unos drinks’’ decía, para parecer más chic.
Sus amigos bailaban sin orden, ni ritmo, algunos. Otros lo hacían con la música que les nacía de sus propias cabezas. Parecían títeres, muñecos desarticulados, pero felices. Inmensamente felices. O al menos parecían estarlo.
Él también danzaba, en el centro del patio. Comenzó a girar. Primero lo hizo lentamente, como si estuviera en cámara lenta. Después empezó a dar vueltas más y más rápido. Perdió rápidamente el equilibrio porque sin poder usar los brazos, no podía abrirlos y balancearse. Cayó al suelo.
El ruido de su cuerpo al caer la alertó. Se levantó de la silla, al tiempo que arqueaba una ceja. Apoyó la oreja izquierda en la puerta: ‘’¿Qué pasó?’’. Y al no obtener respuesta, abrió la ventanita de la celda. ‘’¿Qué pasó, Joaquín?’’ le preguntó.
Él tardó unos instantes en levantar la mirada y en responderle, como un niño que ha hecho una travesura e intentar esconder su vergüenza. ‘’Me caí’’ dijo. ‘’Me mareé y me caí’’. Ella lo miró sin verlo, acostumbrada como estaba a hacerlo: ‘’Bueno, no lo vuelvas a hacer, porque si no, te tendremos que inyectar’’.

Joaquín abrió los ojos desmesuradamente: ‘’¡No, no! Te prometo que me porto bien!’’.‘’¡La fiesta aún no termina!’’ le dijo triunfante. Ella cerró la ventanita y respiró hondo: ‘’La fiesta se te acabó hace tiempo, loco de mierda’’ y volvió a sentarse en la silla, con la espalda recta, al lado de la puerta de la celda.

09 enero 2018

La prisión



Abría los ojos, los cerraba. Parpadeaba. No lograba sentir nada. Mi vida transcurría, pero como cuando uno va caminando sin hacerlo; es decir, las piernas responden a la orden del cerebro de caminar pero uno no siente nada. Simplemente se deja llevar.
Estos largos letargos se volvieron comunes. Pero que nadie se confunda: algunas veces yo sonreía y lo hacía de verdad, desde adentro. Algunas otras veces abrazaba a alguien de verdad, sintiendo hasta los huesos recubiertos por esa piel ajena. Pero eso no pasaba con frecuencia. Porque yo estaba sin vida por dentro. Comportándome como alguien que sí, para que nadie indagara, nadie sospechara. Absolutamente nadie.
Podían verme brillar en sociedad. Hablar de temas varios. Sonreír. Incluso llorar. Como si yo pudiera sentir las cosas, entenderlas, anticiparlas, vivirlas. Eso sobre todo: vivirlas. Me movía sin existir. ¿Se puede? Sí. Claro que se puede. Así llevé mi vida.
Un día este hombre, salido de no sé dónde, colocó su mano en mi hombro. Estábamos en una sala del museo. Fui porque debía resguardarme de la lluvia que azotaba la ciudad. No era tan tarde y el museo cerraba en algo más de una hora. Tenía tiempo. Así que comencé a vagar por las salas vacías.
Nada llamaba mi atención por mucho tiempo. Me detuve enfrente de una escultura: una chica que se cubría el rostro porque no quería ver el horror que se avecinaba. Yo la estaba observando: la delicadeza de las manos contrastaba con el espanto que plasmó el artista en su rostro. Fue entonces cuando sentí que alguien apoyaba su mano en mi hombro.
‘’El horror. ¿Qué habrá visto esta mujer?’’.
No me asusté. Tan sólo me di vuelta y me alejé lo suficiente como para que la mano del hombre no siguiera en mi hombro.
‘’¿Pueden ver las esculturas?’’ repliqué y sonreí.
El hombre sonrió también complacido. Me observó de pies a cabeza, como yo minutos antes observaba a la estatua. Y sin quitarme la mirada de encima, me contó detalles de la pieza, de su autor, época, historia. Datos que sólo revelaban un conocimiento enciclopédico que no servía en la vida práctica.
Mientras hablaba, yo intenté observarlo con el desgano interno que llevaba siempre a cuestas, pero no pude. Su discurso irrelevante era magnético, así como su mirada y sus gestos medidos y elegantes.
En medio de su charla, lo interrumpí, para mi propia sorpresa: ‘’¿Estará abierto algún café en medio del diluvio?’’. Sin inmutarse el hombre respondió: ‘’Y si no, abrimos uno’’. Caminamos mansamente hasta la salida del museo. Me hizo muchas preguntas, yo ninguna. El desconocido indagaba sobre mi vida y yo dejaba que su investigación siguiera su curso, sin oponer resistencia.
El hombre también me hablaba de él, de su pasado, de su presente. Muchas cosas juntas. Al final del interrogatorio voluntario, encontramos un café abierto y entramos, como si fuéramos viejos conocidos.
‘’La escultura eres tú. ¿Te diste cuenta?’’ me dijo. Yo lo miré fijamente. Por primera vez, durante todo el tiempo que estuvimos juntos, me sentí incómoda. Este hombre había adivinado quién era yo. Y es más: lo sabía. Por instantes desvié la mirada. Volví a mi encierro interno para no indagar a qué se refería. Pero él repitió el ‘’¿te diste cuenta?’’ un par de veces, a intervalos premeditados, como quien dispara un dardo a su presa ya malherida para obligarla a doblegarse más rápidamente.
Al verme acorralada, respondí: ‘’Cincelada de manera perfecta, pero fría por dentro y por fuera, como el mármol. Imperturbable. Inamovible’’. ‘’Irresistible’’ dijo él. ‘’Si yo fuera el artista y viera el trozo de mármol para esculpirlo, no me resistiría, porque sé qué puedo hacer de él’’.
‘’¿Y qué puedes hacer tú de mí?’’ pregunté con la arrogancia propia de quien sabe que todo está dicho, todo está hecho y nada puede ya sorprenderlo.
‘’Darte la libertad que tanto ansías. Sacarte de tu prisión de hielo’’ respondió y me clavó una dura mirada. Me alteré tanto que me levanté y a los tropiezos salí casi corriendo del bar, con esa mirada aún pegada a mi cuerpo. La lluvia había vuelto a arreciar y yo luchaba contra el vendaval que venía como acompañante.
Unas cinco o seis cuadras más allá detuve mi huida y jadeante me apoyé en un árbol. Intenté recuperar el aliento. Cerré los ojos por segundos. Cuando los abrí, a pocos metros estaba el hombre, mirándome. ‘’Vamos’’ me ordenó. Lo peor es que obedecí y empecé a seguirlo.
Después de un tiempo que no logro precisar, llegamos a su casa. ‘’Dentro de poco, ya no necesitarás tu cuerpo’’ me dijo. Me acarició el cabello con ternura. Yo estaba en pánico, pero por alguna razón que aún hoy desconozco, me sentía viva por primera vez y esa sensación era nueva. Increíble e intensamente nueva.
‘’Si quieres que todo termine, solo tienes que decirme que sí. Si dices que no, no tendrás oportunidad de escapar de tu propio infierno nunca más’’ explicó, con voz pausada, remarcando las partes más importantes de sus instrucciones para que no quedara lugar para ninguna duda.
Yo lo miraba entre absorta, fascinada y aterrada. Lo recuerdo bien. Pero no podía escapar. No quería además. Quería ver hasta dónde llegaba el extraño conmigo. No yo con el extraño, porque estaba claro que no podía hacer nada más que estar ahí, clavada en el piso, inamovible.
‘’¿Quieres sentir?’’ me preguntó.
‘’Sí’’ respondí y para mi sorpresa, sin vacilar.
‘’¿Quieres ser libre para siempre?, continuó.
‘’Sí’’, dije.
‘’¿Quieres que todo termine aquí, ahora?’’ dijo, en voz baja.
Mi respuesta fue la misma que las anteriores: un sí rotundo, impertérrito, aunque temblaba del pánico, en mi voz ese pánico no se reflejaba.
El hombre se me aproximó cada vez más hasta estar tan cerca que nuestros alientos se confundieron. Colocó sus manos sobre mis ojos para cerrarlos y cuando los abrí, después de unos minutos, yo podía volar, elevarme hasta el cielo, abrir mis alas, dar vueltas, acelerar, desacelerar, aterrizar, levantar el vuelo de nuevo y así sucesivamente. Yo podía hacer lo que el resto de las aves hace: ser libre.

Y desde ese momento, no he parado de volar, de sentirme libre. Pero lo más importante: ahora sé dónde tengo el corazón y escucho cada uno de sus latidos. He vuelto a la vida. Ahora vuelo. Y ya no estoy más en aquella prisión.

05 diciembre 2017

Whiling away

Finalmente los ''Cuentos para pasar el rato'' también disponibles en inglés :)





05 noviembre 2017

La visita



La mujer se sienta despacio en el banco de concreto y coloca el ramillete de flores blancas a un lado. La tímida sombra del árbol no alcanza para cobijarla. Por fortuna, el clima es benévolo esta vez y el sol no arrecia, como casi siempre.
Antes de empezar a hablar, se aclara la garganta. ‘’Cada vez me es más difícil venir, ‘’creo no podré hacerlo tan seguido como antes’’. Intercala largos silencios entre tan pocas frases. Teme la reacción de la niña, que hasta ahora sigue aparentemente absorta en su juego con las flores del jardín.
La mujer se inclina un poco, para quedar lo más cerca posible del borde del banco y de la niña. Le acaricia con ternura y delicadeza extrema el lacio cabello. La niña arranca una vulgar flor amarilla, de las tantas comunes que crecen sueltas, se da la vuelta y mira a la mujer: ´´¿Por qué?’’ pregunta filosamente, con un tono de voz que presagia un berrinche, un reclamo.
‘’Porque…no me dan más las fuerzas. Ya no soy joven y estoy muy cansada…’’. La pequeña arquea una ceja, estruja la flor y mientras la observa deshacerse, vuelve a preguntar: ´´¿Por qué?’’.
‘’A veces no se puede, mi amor. Ya no tengo la misma energía de antes. Hoy pude salir y venir a verte, pero ¿cuándo podré hacerlo de nuevo? ¿Cuándo me dejarán? Ya te digo que estoy agotada…’’
Sin entender del todo la queja velada de la mujer, la niña la abraza sin emoción, sino más bien como un acto aprendido en algún manual de vida. ‘’Es que estoy tan sola…’’ suspira. La mujer la atrae hacia sí y la abraza sinceramente, le besa los cabellos, le acaricia las mejillas. ‘’Mi niña…’’ suspira. ‘’No sé cuándo volveremos a estar juntas’’.
Después de un largo rato, la pequeña vuelve a sentarse en el piso y a quedar absorta en su juego con las flores del jardín. ‘’Debo irme. Tengo un largo camino y empieza a oscurecer’’ explica quedamente la mujer, al tiempo que apoya la mano en el bastón.
Sin levantar la vista y aún de espaldas a ella, la niña responde un ‘’bueno’’ desprovisto de emoción, como si le molestara la presencia de la mujer o como si nunca le hubiera importado.

Antes de levantarse del banco, respira hondo, cierra por segundos los ojos y musita ‘’mi pequeñita, mi amor’’ y deposita sobra la tumba de la niña el ramillete de flores blancas. Poco a poco se va alejando y el ruido del golpe del bastón es lo único que resuena en el silencio del viejo cementerio.

18 octubre 2017

Casi




Me le acerqué al único hombre del bar que bebía un vaso de gin tonic. Suelen ser más sofisticados, tranquilos, algo tímidos, menos vulgares, exquisitos y buenos amantes. En segundos fingí ser una hábil seductora. Me quedó tan bien el teatro que el hombre se volvió más tonto que nunca y me lanzó algunos piropos de su autoría. La chica, parada detrás de él, echaba chispas. Tenía la boca fruncida, el entrecejo hundido de la rabia. ´´Vámonos, que se nos hace tarde´´ le ordenó al hombre y lo llevó casi a rastras, a pesar de que él se quería quedar hablando conmigo y yo quería seguir jugando a la femme fatale. ‘’Esta vez casi ganas’’, masculló la chica entre dientes. Y se alejaron.

12 septiembre 2017

Cuentos para pasar el rato- Versión impresa

El primer ebook de Cuentos para pasar el rato se puede conseguir ahora en su versión impresa.
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13 agosto 2017

El lago




El lago le causaba una curiosidad imposible; así que a veces se escapaba de clases bajo cualquier pretexto y se iba a contemplarlo. Su madre le tenía prohibido ir sola. ‘’¿Y si te caes? ¡Tú no sabes nadar!’’, le decía. Pero su madre era muy temerosa e insegura y tenía muy poca confianza en ella, su hija. Por tanto, escaparse a veces para ir al lago era una muestra silente de su madurez y también de su rebeldía. ¡Su madre tenía que saber con quién estaba lidiando!, aunque claro, nunca lo sabría, a menos que la descubriera y eso nunca pasaría.
Amaba la libertad que le daba el estar sola ante la inmensidad del lago. Sus aguas tranquilas desvanecían cualquier preocupación innecesaria a sus 11 años. Jugaba a tirar piedrecillas y ver cómo formaban tímidas ondas en la superficie. A veces se quedaba absorta observando el agua calma. Otra veces vagaba por la orilla y se quedaba lo suficientemente cerca hasta hundir los pies en la arena húmeda.
La tarde que decidió no ir a la escuela (aunque se despidió de su madre como todos los días) tomó el camino de siempre, pero a la mitad, se desvió adrede, tal y como había planeado. Sin embargo, había mucha neblina. Tuvo que detenerse varias veces para que sus ojos se acostumbraran a la poca visibilidad. Tenía la certeza de estar en el camino correcto. ¡Lo había recorrido ya tantas veces! pero la densa neblina la hizo dudar.  ¿Retrocedería o seguiría avanzando? El invierno sería implacable como todos los años y ella tendría que esperar durante largos meses para poder volver al lago. Decidió entonces avanzar, después de pensarlo mucho. No había marcha atrás.
Dos horas después y sin saber cómo, creyó llegar al lago. El escenario parecía tan diferente. Se veía pequeño, oscuro. La vegetación parecía muy densa, como si fuera a abalanzarse sobre ella y devorarla. No parecía su lago del todo. El ambiente mostraba ya su cara menos amable, todo estaba casi marchito, los árboles desnudos y sin gracia y la pátina transparente y cruel del hielo comenzaba a congelarlo todo a su paso.
Se detuvo en la orilla, no sin antes quitarse la mochila y dejarla en el suelo. Gritó: ‘’¡Llegué!’’ y el eco de su grito resonó en el silencio del lugar. Se agachó y tocó la superficie con los nudillos, como si tocara una puerta, para cerciorarse de que estaba lo suficientemente dura para soportarla. Avanzó unos diez pasos. Observó el lago a sus pies: transparente, casi congelado. Era todo tan raro. Desestimó su aprehensión infantil. Dio otros diez pasos sin percatarse de que la neblina se había hecho más densa y dificultaba la visión. La aprehensión dio entonces paso a la maravilla. Se sintió poderosa y feliz. Continuó caminando tan segura de sí misma que cuando el hielo empezó a resquebrajarse en su parte más fina, ella no lo notó; al contrario, siguió avanzando, convencida de que llegaría al centro del mismo lago.
El hielo, mucho más delgado y frágil, dado que aún no era del todo invierno, fue cediendo ante el peso de la niña. Los últimos ocho pasos que logró dar hicieron que el hielo cediera por completo y que fuera tragada sin misericordia hasta el fondo del lago. El frío congeló sus pulmones en segundos y quedó atrapada con una expresión de sorpresa en su rostro de niña. El agujero que formó su cuerpo en el hielo fue instantáneamente llenado por la misma pátina transparente y cruel que cubría el lago.
La terrible neblina hizo que se suspendieran las actividades en el pueblo y los niños fueran enviados de regreso a sus casas, alrededor de la una de la tarde.
La madre aguardó a que la niña volviera. En vista de que no llegaba, llamó a la directora: ‘’No vino hoy a clases. Pensamos que no la había mandado dado el mal tiempo’’. Se sentó de golpe y empezó a sentir cómo el pecho se le iba oprimiendo. Algo muy malo había pasado. A su niña. A su única niña. Comenzó a llorar. Sin pensarlo, salió de la casa hasta la estación de policía. No se podía ver nada, no reconoció el camino, así que desesperada tuvo que volver sobre sus pasos como pudo, aterida de frío y muerta del pánico. Al llamar a la estación, le informaron el protocolo: ‘’Hay que aguardar 48 horas para declararla como perdida’’. Y fue justo 48 horas después que la policía comenzó la búsqueda.
El último sitio en el que buscaron fue en el lago. En la orilla encontraron la mochila, que fue reconocida por la madre. Rastrearon la zona lo más que pudieron. El lago casi congelado no dio ningún indicio de haberse devorado a la niña porque no permitió dejar rastros.
El tiempo, sin embargo, fue avanzando inexorablemente. La angustia había también avanzado en la madre, quien no había dejado de buscar a su hija. Había adelgazado. Unas ojeras perennes habían hundido sus otrora vivaces ojos azules. El cabello, antes rubio y ahora mustio, permanecía siempre preso en una suerte de moño desordenado en la nuca. Parecía desorientada la mayor parte del tiempo, siempre triste, siempre sola.
Fue finalmente en una primavera cualquiera, durante la época de deshielo, que el lago decidió devolver lo que había tomado prestado seis largos años antes: la niña de 11 años. Primero, el cuerpo fue ascendiendo desde el fondo, poco a poco. Formaba burbujas a su alrededor. La fauna del fondo bailaba también a su alrededor. La niña ascendía con los brazos hacia arriba, los ojos abiertos, la boca abierta, las trenzas en su sitio, la falda, las medias, las botas, la camisa, el abrigo. Todo en su sitio. Cuando las manos chocaron con la gélida superficie del lago, la niña despertó y empezó a luchar por salir de su prisión de hielo. Golpeó lo más que pudo con sus débiles nudillos la superficie, hasta que se resquebrajó del todo, se rompió en cristales de colores y ella pudo salir, después de tantos años. Sacudió la cabeza con fuerza, de un lado a otro, tratando de hacer despertar a sus pulmones, que reaccionaron con prisa. La niña soltó entonces un grito sordo: ‘’¡Llegué!’’.
Como pudo salió del agujero de hielo y se dirigió a gatas hasta la orilla, hasta desplomarse. Respiraba hondo y exhalaba. Cuando se recuperó lo suficiente, se levantó y observó el paisaje. Era su lago. Pero ¿cuánto tiempo había estado ahí? ¿Y la niebla? ¿Ya era primavera? Dio algunos pasos. Tenía mucho frío. Empezó a andar. Empapada como estaba, apretó los puños y apuró el paso. Tal vez llegaría antes que su madre y si todo salía bien, ella nunca sabría que había faltado a la escuela por ir al lago.
Llegó corriendo a su casa y decidió entrar por la parte trasera. Eran casi las seis de la tarde cuando abrió la puerta con cuidado, de manera de hacer el menor ruido posible. El fogón estaba encendido. Se acercó un poco para entrar en calor, que le devolvió el aspecto rosa de siempre a sus mejillas. Estuvo parada ahí unos minutos, hasta que el sonido de los pasos de su madre y el grito que esta profirió al verla, la hicieron saltar. ‘’¡Mamá!’’ le dijo y la miró aterrada, a sabiendas de que ahora vendría un castigo. ¡Maldición! ¡Había calculado mal el tiempo y su madre había llegado antes! Pero, ¿era esa su madre? La mujer envejecida que la miraba sin poder articular palabras se parecía a su madre. Era y no era ella. La madre se le fue acercando poco a poco. La niña se fue encogiendo, segura de que ahora vendría una buena tanda de golpes por haber faltado a la escuela. Pero en vez de eso, la madre cayó de rodillas, llorando. La abrazó como solo se abrazan a las personas que se creían del todo perdidas. No le importó que la niña estuviera empapada y helada. No le importó que estuviera muerta del miedo. Sólo la escondió entre sus brazos.
‘’Mamá...no es para tanto. Perdóname, no quería ir a clases hoy’’.
Rodeó con sus brazos el cuello de la madre, la besó en la mejilla y apoyó la cabeza en su hombro. La madre sólo lloraba y le acariciaba el cabello. Después de varios minutos, logró decirle: ‘’Has vuelto a casa, mi amor. Por fin has vuelto’’.