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07 agosto 2008

El pacto


El sol caía suavemente sobre la tarde y empezaba su danza entre los árboles para crear sombras.''Te dije que me iría cuando me aburriera''. Él tembló, casi imperceptiblemente, pero ella, acostumbrada a crear terremotos ajenos, notó su nerviosismo. Le sonrió y parpadeó lentamente.''Y tú dijiste que ser así, como yo era- significaba un peligro muy grande para ambos''. Encendió un cigarrillo y aspiró hondo. Liberó el humo suavemente al tiempo que lo observaba desvanecerse en el aire frío de la tarde. ''Pero me olvidé de decirte que si quieres me quedo o te llevo adonde me lleve el viento. En realidad, yo quisera estar contigo, en donde el mundo nos alcance. ¿Pactamos?'' y tomó su mano, lo miró de nuevo y notó que los temblores habían cesado...

18 julio 2008

Sin rastros


Ana Emilia espera pacientemente sentada a que Eduardo baje. La sala, aún desprovista de muebles, luce enorme, incluso el silencio produce eco. Ana Emilia la va decorando mentalmente: un gran sofá ocre y dos sillones de colores tal vez dieran un buen resultado; no puede faltar el piano y tampoco cortinas en los amplios ventanales. Sonríe. ‘’Cuando regresemos de viaje’’ dice y la frase se repite en la sala.

Se levanta, revisa una vez más las maletas en la entrada y se dirige a la escalera. ‘’Eduardo’’, dice con calma. ‘’¿Por qué tardas tanto?’’ y se queda parada , tranquila en la escalera. Transcurren algunos minutos. ‘’¡Vamos a perder el vuelo!’’ dice burlonamente y empieza a subir pausadamente uno a uno los escalones. ‘’Eduardo, ¿qué haces?’’, dice y se detiene a la mitad. ‘’¡Baja ya!’’. Nadie responde. Sus palabras resuenan en las escaleras, pero Eduardo no aparece.

Ana Emilia sube y abre la puerta del dormitorio: la ropa de viaje de Eduardo yace en la cama, tal cual ella la había dejado. La puerta del baño cerrada. Se acerca y toca: ‘’¿pasa algo?’’. No obtiene respuesta. La abre lentamente. Está vacío. Eduardo tampoco está ahí.

Perpleja, Ana Emilia sale del cuarto y va abriendo una a una las puertas de las otras habitaciones vacías. Eduardo no se encuentra en ninguna de ellas. ‘’¿A qué estamos jugando, Edu? Vamos a perder el vuelo’’, dice en voz alta.

Desciende de prisa por las escaleras y llega hasta la cocina, recorre el comedor, el pasillo, abre la puerta que da al jardín, corre hasta el garaje. ‘’¡Eduardo!’’, grita al borde de la piscina vacía. ‘’¡Me estoy cansando! ¡Ya no quiero jugar más!’’, pero Eduardo no aparece, no responde.

Ana Emilia vuelve a recorrer el amplio jardín y llega hasta la entrada principal. Abre la puerta y sólo oye su propia respiración jadeante. La inmensa casa está vacía, sumida en el eco que producen sus pasos. No hay señales de Eduardo. Todas sus cosas permanecen en el mismo sitio donde las dejó, sus documentos personales, anteojos, llaves, todo, absolutamente todo permanece en su mismo sitio.

11 julio 2008

Crónica de un misterio no resuelto




Día aburrido y gris. Hace frío. Está somnolienta. Reúne fuerzas para concentrarse. Letargo.


Abre su correo: ''tus cajitas de música''. Remitente: desconocido. Pensó que era correo basura, alguna propaganda, pero le llama la atención el título. Abre el email:


''¿Por qué cuando dejas una cajita de música


la gente la ve como un adoquín?


La describen como uno.


O le pasan por arriba como uno.


O lo ignoran como uno.


Podés construir un camino con tus cajitas de música.


Que sería tan consistente como uno de adoquín.


Pero la gente le pasaría por arriba como uno.


Si pudiese tomar por ese camino quisiera abrir cada cajita de música.


Pero no me alcanzaría el tiempo de mi vida para llegar a destino.


Voy a tratar de no tomar por ese camino…''.


Sin siquiera pensarlo, responde: ''¿Y qué pasa si no te gusta la música de la cajita, una vez que la has abierto?''.


Dos días después -y para su sorpresa- recibe otro email desconocido: ''cajita número uno: Entonces de esa cajita surgiría una bailarina


que a lo lejos vería girar y girar y entre vuelta y vuelta me acercaría


hasta que en un momento la cuerda se acabaría


y ahí frente a frente me daría cuenta que la bailarina tenía una pistola con la que me apunta.





(Extracción de mi memoria)


Tú eliges el lugar de la herida


en donde hablamos nuestro silencio


Tú haces de mi vida


una ceremonia demasiado pura (AP)''.




Se estremece. Responde en el acto: ''¿Quedarán cicatrices para recordar esa herida? ¿Serán visibles? ¿O visibles sólo para quien las lleva?''.




Definitivamente, las cajitas son para ella. Les va poniendo música. Se va aprendiendo la letra. ¿Quién se las estará enviando?. ¿Quién la conoce tanto que sabe sus misterios?


Su rutinaria vida ahora tiene una grieta por donde se escapa a la fantasía. El trabajo ya no es trabajo, la repetición de sus días tiene una sinfonía diferente, la de las cajitas. Se siente acechada, pero ¿quién acecha a quién? ¿El que le manda las cajitas o ella que le responde? Magia. Milagro.


Dos días después, otra cajita, la segunda:


''Entonces en esta cajita estaría la noche.


La noche hace visible las heridas


porque la noche está llena de ojos


hasta que el día te recupera a la ciudad


donde todos están ciegos y ya no se ven heridas ni cicatrices.


Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.


Tal vez la noche es nada y las conjeturas sobre ella nada y los seres que la viven nada. (AP)''.





Respira hondo. Sus dedos vuelan sobre el teclado:


''Pero


prefiero


seres


que


la




vivan


y


que
sean


algo.


Aunque


de


la


nada


también


surge


algo


o


casi


siempre''.


No hay escapatoria. Tal vez ni quiera escaparse. Su correo es la puerta a otra dimensión, llena de música sin letras, sin tonadas ni ritmos establecidos. Son cajitas mudas, que sin embargo, hablan por sí solas.



Dos días más tarde, recibe un tercer email:


''En esta está la nada


lo que no debe confundirse y pensar que no hay nada quizás esté todo...




TODO ES NADA ( A.W.)Por cobardía sustituimos la sensación de nuestra nada por la sensación de la nada. Y es que la nada general apenas nos inquieta: vemos en ella demasiado a menudo una promesa, una ausencia fragmentaria, un callejón sin salida que se abre. Durante largo tiempo me obstiné en hallar a alguien que lo supiera todo sobre sí mismo y sobre los otros, un sabio-demonio, divinamente clarividente. Cada vez que creía haberlo encontrado, debía, tras un examen, cambiar de opinión: el nuevo elegido tenía todavía alguna mancha, algún punto negro, no sé qué recoveco de inconsciencia o de debilidad que le rebajaba al nivel de los humanos. Percibía yo en él huellas de deseo o de esperanza, o algún residuo de pesar. Su cinismo era manifiestamente incompleto. ¡Qué decepción! Y proseguía siempre mi búsqueda y siempre mis ídolos del momento pecaban en algún aspecto: el hombre estaba presente en ellos, oculto, maquillado o escamoteado. Acabé por comprender el despotismo de la especie, y por no soñar más que con un no-hombre, con un monstruo que estuviese totalmente convencido de su nada. Era una locura concebirlo: no podía existir, ya que la lucidez absoluta es incompatible con la realidad de los órganos.(E.C.)''.



Mucho que decir y poco tiempo para responder. El exceso de obligaciones, contratiempos de último momento, el vértigo de la vida que a veces atrapa y enreda la alejaron de responder a tiempo las misteriosas cajitas de música.





El último email que recibió fue lapidario:



''Bueno... no voy a seguir abriendo tus cajitas
ya que no encuentro más señales en ese camino.
Sé que estuviste caminando por donde yo camino...
Y hasta quizás nos pensamos...
y sencillamente 'tú' eres especial y yo soy raro.
Perdóname si te perturbé...''.



No puede creer lo que lee. No quiere que el misterio termine. No quiere que la música acabe, pero el destino es voluble, como los propios seres humanos y nunca más recibirá cajitas de música. Nunca más abrirán la puerta de la magia para ella.













06 julio 2008

Infierno


Intentó deshacerse de los recuerdos: el tatuaje de su pierna, su voz de fumador empedernido, sus abrazos de acero.
Intentó no extrañarlo, pero se fue despedazando por el camino.
Era un infierno. Propio y ajeno.
Intentó escapar.
Lo logró.
Acabó con el sufrimiento.

18 junio 2008

Siete


Lunes.

Enumera mentalmente:
‘’Pasaporte. Listo’’.
‘’Pasaje. Listo’’.
‘’Laptop. Lista’’
‘’Celular. Listo’’.
‘’No olvidar nada. Listo’’. Se ríe de su propio chiste y escucha la tan familiar voz de su esposa: ‘’¡amor, llegó el taxi!’’.
Baja las escaleras, toma el maletín, abraza a su esposa y le da un beso lánguido y aburrido.
‘’Buen viaje, amor’’ la oye decirle.
‘’Gracias vida. Te llamo al llegar’’ responde automáticamente.
Sube al taxi, rumbo al aeropuerto.


Martes.

Interminables reuniones con clientes, potenciales clientes. Interminables almuerzos de negocios. Cenas aburridas con clientes y potenciales clientes. Revisa la agenda, hace algunas llamadas. Respira hondo. Apenas está comenzando la semana y ya está cansado. Mañana más reuniones. ‘’Si pasara algo interesante, al menos. Algo mínimamente interesante’’, pero nunca pasa nada que altere el orden establecido de su vida. Mira el reloj. Temprano para irse a dormir, pero tarde para salir a investigar la ciudad. Decide bajar al bar del hotel.

Pide un vodka tonic y se arrellana en el sillón para disfrutarlo. A dos asientos de distancia, se topa con unos ojos negro que lo escudriñan. Le sostiene la mirada por segundos, por minutos. Ninguno cede. Su oponente le guiña un ojo y se levanta. Se le acerca lentamente, le pasa por un lado, le roza levemente el brazo y se va.


Miércoles.
La respectiva convención de la mañana. Las reuniones de rigor. Más aburrimiento. Cierra un par de contratos exitosamente. Nada extraordinario altera su mundo, hasta que vuelve a sentir el puñal de una mirada sobre si: los ojos negros de la noche anterior. Le devuelve la mirada con complicidad y se le aproxima. Los ojos acompañan un rostro de facciones firmas, mas delicadas al mismo tiempo. La boca de labios apetecibles esboza pícaramente una sonrisa. ‘’Desde que te vi anoche, no he podido parar de pensar en ti’’, le dice. El corazón se le acelera. ‘’¿Ah sí? ¿Por qué?’’, pregunta. ‘’Hacía tiempo que no me interesaba por alguien así, a primera vista’’. Se sonríen, se estrechan las manos y deciden verse en algún bar, a la noche.

Siete


Jueves.
Se despiertan antes de que comience el día. Retozan. Se exploran, se detienen, continúan. Vuelven a amarse.
El día laboral comienza para ambos. Más reuniones que ya no importan, más almuerzos insípidos con desconocidos que ya no importan. Las horas se consumen rápidamente para los amantes que se observan furtivamente, intercambian sonrisas cómplices y hacen planes nocturnos.
Llegado el momento del encuentro, vuelven a reconocer sus cuerpos, a descubrir nuevas formas de amarse.

Viernes.
Reuniones finales. Encuentros finales y despedidas formales. La de ellos es diferente. No prometen verse, ni mentirse, ni jurarse amor eterno. Se despiden con un beso eterno y un abrazo que les durará toda la vida.


Sábado.
Una vez en casa, a salvo del mundo, se entrega de nuevo a la rutina: limpiar el jardín, salir a andar de bicicleta con los niños, acompañar a su esposa al supermercado, tal vez visitar a sus padres.
Aún siente los besos de la despedida, aún la piel le recuerda las emociones compartidas, aún siente aquellos dedos enredados en su pelo, aún…


Domingo.
Rutinario día de leer el periódico, ir de fútbol con los niños, almorzar en familia, conversar sobre las mismas cosas de siempre; sin embargo, cuando llega la noche y el sueño empieza a reclamar territorio, él se va durmiendo lentamente, recuerda al amante y musita quedamente un mantra que funciona sólo para él: Carlos, Carlos, Carlos…

''Es la bandera española'', sonreíste feliz por haber reconocido la bandera de tus antepasados.''En un tiempo el amor estuvo en España, aunque siempre pensé que estaba en Inglaterra y medía tan sólo 1.60'' suspiré y volví a pensar en él.''No hay día en que no me digas algo insólito que nunca entiendo'' y te molestaste. De nuevo, me dejaste parada en una esquina presa de mis recuerdos.

23 abril 2008

Cambios


La divisó a lo lejos. Ella parada en la esquina, a la espera del cambio de semáforo. Él apuró el paso para atajarla, gritó su nombre, abrió los brazos y le sonrió con la misma sonrisa tierna que guardó para ella durante años. Ella retrocedió unos pasos para esquivarlo. Él frenó y musitó un ''hola'' decepcionado y blando. ''Hola...ehh...'' dijo ella y no logró recordar su nombre. ''Un gusto en verte'', le dijo. Cruzó la calle y se fue pensando: ''¿Tomás?, ¿Emilio?, ¿Gustavo?. ¿Cómo era el nombre de ese chico?''.

09 abril 2008

Destino


Ella parpadeó lentamente. Lo radiografió. El mundo se vino abajo cuando él la miró. No notó su presencia, tan acostumbrado que estaba a la devastación que creaba a su paso.
A ella le tomó un tiempo recuperar el ritmo de su respiración. Entró en una especie de túnel, donde estaba ella al comienzo y él al final, arrogante, impasible, imposible.
Subieron al avión. 32A su asiento. 32B el de él. Destino.
Se dignó a mirarla y a dirigirle la palabra: ''Espero que seas de las que no habla mucho. Siempre me tocan locas hablachentas en los aviones'' y le guiñó un ojo.
Se vino el mundo abajo por segunda vez. Ella le sonrió y logró reunir el coraje suficiente para responderle algo coherente. Él notó su acento y le preguntó de dónde era. Para su beneplácito, ella pudo responder y armar frases dotadas de sentido. Lo hizo reír con sus comentarios. Él se fue interesando. Le fue haciendo preguntas que ella respondía sin dejar notar el vértigo que él le producía. Él reía, parpadeaba, con tan sólo respirar la seducía.
Notó los tímidos rizos del cabello de ella, la oscuridad de sus ojos, el color aceitunado de su piel y el tono infantil y tierno de su voz.
Intercambiaron nombres, después de tres horas y se estrecharon las manos como conocidos. Rieron, criticaron la cena, compartieron el vino y se dijeron todas las verdades y mentiras que pudieron. Cuando empezaron a proyectar la película, ya se sentían viejos amigos.
Vino el primer beso. Recorrieron sus bocas sin pausas. Vino el segundo beso. El tercero. Al cuarto ya habían perdido la cuenta. Ya nadie más existía. En medio de la nada, a kilómetros de altura, ellos se volvieron uno.

27 marzo 2008

Ya no te veo


Te miré y fue como no haberte visto.
Nada se alteró en mí cuando te vi. Ni rastros de la arritmia que tu risa me provocaba. Ni trazos del temblor que tu olor me producía. Me acerqué a ti y te saludé como se saluda lo lejano. No pude recordar tu nombre completo, ni la forma dulce como solía llamarte.
Te miré y fue como no haberte visto.

14 marzo 2008

Todo pasa


Cuando te vi, tuve que hacer acopio de fuerzas para no parecer impresionada. Respiré hondo y estreché tu mano y pude, de milagro, sostenerte la mirada.
Enseguida agarraste tu guitarra y empezaste a tocarla. Puntos a favor. Tocabas y cantabas. Más puntos a favor. Ibas descalzo, por la casa, tocando. Todos los puntos a favor. Así estuvimos un año: sin zapatos, con la guitarra y muchos puntos a tu favor, hasta que nos tocó decirnos adiós.
Cuando años luz después nos volvimos a ver, tuve que hacer acopio de fuerzas para no parecer impresionada. Respiré hondo y estreché tu mano y pude sostenerte la mirada. Esta vez no había guitarra y sí zapatos. Ahora eras un hippie diplomado, desprovisto de tu brillo, serio, taciturno.
Como si adivinaras mis pensamientos, sentenciaste: ''perdí el encanto en algún lugar de mis 16 años''. Yo te sonreí benévola y estreché nuevamente tu mano y antes de volverte a decir adiós, te dije:
''Todo pasa.
Todo cansa.
Todo se rompe.
Todo se reemplaza''.

11 marzo 2008

Alzheimer




Fin del verano. El lleva el cabello corto, en un vano intento de domar sus rizos. Tiene un tatuaje en la nuca.
Fin del verano. Ella lleva el cabello igual, sin modificaciones. Ningún tatuaje en la nuca. Ningún tatuaje en el cuerpo.
El está de espaldas y ella lo observa. No logra identificarlo. Tampoco recuerda las noches entre sus brazos ni las promesas que se hicieron. ¿Quién era?
El se da la vuelta y se le queda mirando. No logra reconocerla. Tampoco recuerda los besos ni los abrazos que se dieron. ¿Quién es ella?
Fin del verano. Fin de la historia. Fin de su historia.

Nictalopatía


Anoche, él sólo veía sombras. Y desde niño, de noche, las tinieblas han sido su constante.
Anoche, cuando hablábamos, él nos veía sin vernos.
Yo lo miraba y él me devolvía la mirada, sin verme.
Me dijo: ''niña, me caes muy bien'' porque lo hice reír. Le estreché la mano con curiosidad. Me le quedé mirando. Él sostuvo la mirada sin luz para verme.
Él me contó su historia. Su papá lo llevaba de niño al parque en la noche para que paseara en bicicleta. Él se caía, gritaba que no veía. Su papá lo regañaba y lo volvía a poner en la bicicleta y le gritaba ''¡anda!'' y él lloraba, dando tumbos. ''¡Malcriado! le gritaba su padre.
Siempre de noche...siempre tinieblas.
De noche, él sale, camina por la calle borrosa y disfruta de las siluetas. Es un murciélago diferente.
Sus otros sentidos lo guían. Él sonríe. La ciudad le pertenece. Con o sin luces, la hace suya cada noche.



La cajita


Ella escribió: ''Me gusta la inexactitud de tu mirada. La disparidad de tu sonrisa. El desorden de tus rizos. La fiesta de tus pecas. El viento que levantas cuando te acercas''. El respondió: ''Eres el oxígeno''. Y ambos se dieron las gracias. Gracias por el fuego. Gracias por el viento. Y guardaron las palabras en la cajita.

10 marzo 2008

Dando vueltas


Cuando lo descubrí la primera vez, iba camino a la universidad y él estaba enseñando su arte en la placita. Me quedé parada viéndolo y perdí el autobús y las primeras clases de ese día.
Al llegar a casa, corrí a contarle al abuelo: ''creo haberte visto hoy dándole vueltas a un hula hop''. Mi abuelo, que ya no se sorprendía con mis comentarios, me dijo: ''¿y bailaba bien?''. ''Sí. Para la edad, lo hacías muy bien''. ''Entonces soy todo un personaje'', me dijo y volvió a perderse en el periódico.

Lettera


Cuando se fue de Lisboa, le mandó un email: ''mi dirección en Pisa es...Escríbeme, si quieres. Bacione!''. La primera carta que mandó, hablaba sobre Lisboa. La segunda, sobre el mundo. En la tercera, ya eran adictos: ella a tu letra perfecta de artista y él a sus cuentos extravagantes en la tierra del pan con chorizo.
Así estuvieron por seis años y hoy descubrió todas las cartas, sin orden cronológico. Hoy le sorprendió constatar que debió haberlo querido, tal vez de forma tan simple como los sobres de sus cartas, pero no llegó ni siquiera a eso...se quedó en la promesa de hacerlo...

Tu perfume


El dia que se despidieron, él la llenó de detalles: un bolígrafo sin tinta, unas pilas gastadas, un libro al que le faltaban hojas y música. Para que no lo olvidara, él perfumó los discos.
Hoy, me contó ella, que entre sus cosas olvidadas estaba la música y al olerla, la magia regresó, la magia de sus noches juntos, de sus besos y caricias. Todo lo que fueron, intacto volvió.