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10 julio 2017

Las sogas



‘’Sólo escuché cuando no sé quién me dijo: ‘’No las até fuerte’’, como en una suerte de susurro, tan cerca de mi oído que pude oler su aliento, a pesar de la lona que me cubría. Yo estaba aturdido, por decir lo menos, y en el momento no entendí nada. Y mucho menos entendí cuando caí, como un saco de papas, al agua.
¡Plaf! Ese sonido aún me acompaña. El sonido de mi propio cuerpo cayendo al agua fría. No es cierto que uno puede superar los traumas. Simplemente se aprende a vivir con ellos. Es lo que hice. Nunca más me metí al mar, ni al río. Nunca más. Y aprendí a sobrellevarlo. Total, no es que yo fuera un pez. Podía vivir sin entrar al agua.
Me parece mentira haber vivido todo eso y sin embargo, lo hice. Fue a mí a quien secuestraron, a quien torturaron y a quien arrojaron al mar desde un avión. Fue a mí y sé que a varios otros, gente que no conocía, pero sólo a mí no me ataron como creían ellos que deberían haberme atado, fuerte, para no soltarme.
Esa noche, casi sin conocimiento y con el agua apoderándose de mis pulmones como si fuera el propio aire, me solté. ‘’No las até fuerte, no las até fuerte’’ era lo único que resonaba en mi cabeza. Cuatro palabras que no entendí del todo, pero que fueron como una orden que obedeció mi cuerpo.
Y me solté, como pude, como si fuera Houdini. Salí a flote, desde el fondo. Cuando lo hice, respiré tan hondo y expulsé tanta agua que creí que me iba a morir en serio. Hubiese sido irónico que después de tanto, me hubiera muerto justamente al respirar del todo.
Me quedé flotando un largo rato. Tenía todo el cuerpo acalambrado, así que me dolía cualquier movimiento que hiciese o intentase hacer. Cerré los ojos y me dejé llevar. La verdad no sé qué estaba esperando. No podía, y tal vez ni quería pensar.
No sé cuánto tiempo pasó. Cuando pude, nadé hacia la orilla y debí haberme desmayado porque no tengo recuerdos exactos de nada. No sé quién me auxilió, no sé de quiénes eran las voces que me rodeaban, ni los brazos que me levantaron y sostuvieron y me llevaron a no sé dónde.
Yo había perdido toda noción de absolutamente todo, pero cuando pude, hui. No podía confiar en nadie. La vida, traviesa y a la vez cruel, me estaba dando otra oportunidad. Así que hui. Estuve viviendo mil vidas desde ese mismo momento.
Fui varias personas, tuve varios nombres, hasta que pude recuperar mi identidad. No porque lo dijera un documento, sino porque había decidido volver a tener mi vida, la que mis padres habían proyectado para mí, la que yo mismo había pensado para mí antes de que todo este desastre y confusión pasaran y me llevaran consigo por delante. Ahí detuve mi propia huida.
Si me preguntan si soy un sobreviviente, no sé qué responder. Me imagino que sí. Pero a veces creo que no. Yo todavía siento esa noche y oigo el sonido de mi propio cuerpo cayendo al agua fría. Es la escena más terrible de mi propia película. ¿Pasó alguien por lo mismo? ¿Puede alguien verdaderamente entenderme?
Cuando volví al barrio, a casa, al abrazo salvador de mis padres y hermanos, yo era otro y sin embargo el mismo. Después de mucho comencé con todo esto, para tratar de no ser un número más, una estadística más, un desaparecido sin serlo más. Por eso estoy hoy aquí, ante ustedes. Para que todo se sepa’’.
El hombre se sentó, firme. Cerró los ojos, respiró hondo, muy hondo, y permaneció en silencio. Cada aplauso que resonaba en la sala, cada persona que se fue poniendo de pie para aclamarlo, era una ola de aquella noche que lo sostuvo flotando, hasta llevarlo a la orilla, para salvarlo.
De repente, sintió una mano sobre su hombro derecho y una voz, cascada por el paso del tiempo que le dijo ‘’no las até fuerte’’ como en una suerte de susurro, tan cerca de su oído que pudo oler su aliento. El hombre abrió los ojos sobresaltado. Se dio la vuelta, se levantó del asiento casi de inmediato. Pero había mucha gente palmeándolo, rodeándolo, casi sofocándolo. Todos querían estar cerca de él, el héroe.  No alcanzó a ver de quién era esa mano. No supo quién lo había soltado esa noche y que ahora estaba ahí, cerca. Ahora.
Se irguió y gritó con la misma fuerza que usó esa noche cuando expulsó toda el agua de mar de sus pulmones: ¡Gracias! Y todos, sin saber el porqué real de ese grito firme y tajante, lo aplaudieron de nuevo a él, el héroe.